Tal como lo establecen los lineamientos de buenas prácticas de la Sociedad Internacional para el Estudio del Trauma y Estrés (ISTSS, 2000), las respuestas ante la sanación y reparación del trauma individual y colectivo nos demandan altos niveles de integridad, compromiso, empatía y honestidad. En este sentido, otras asociaciones internacionales de salud mental (SEPI, SPR; APA) resaltan la relevancia de las habilidades básicas de sensibilidad cultural en los procesos terapéuticos.
Esto nos interpela a reconocer que vivimos en sociedades dinamizadas por representaciones, mandatos, estereotipos e instituciones que perpetúan desigualdades en el acceso y goce de derechos, estando estas brechas basadas en razones de género. Siendo estas desigualdades un denominador común en las violencias en su multiplicidad y complejidad (CEDAW, 1999), y teniendo como principal característica que al ser inculcadas culturalmente se terminan naturalizando.
Si bien la asociación hace especial énfasis en no reducir EMDR a una técnica, solemos ver cómo un número importante de colegas sólo se remite a aplicar protocolos sin contemplar la complejidad de aspectos sociales y culturales que configuran los entornos más amplios donde se constituyen las experiencias traumáticas. Por lo anteriormente expuesto, este capítulo tiene como objetivo transversalizar la perspectiva de género y diversidad sexual en todos los aspectos concernientes al funcionamiento de la institución.
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